Las declaraciones de Paloma Pedrero en perspectiva

Hace unos días varios lectores me enviaron una columna aparecida en el diario La Razón que ha causado un gran revuelo en la blogosfera. Si a estas alturas todavía no la han leído, pueden encontrarla aquí, aunque con la primera frase pueden hacerse a la idea de la ignorancia que contiene:

A ver si me aclaro, ¿no llevan las películas una recomendación de edad? ¿Por qué, entonces, los videojuegos violentos no la llevan?

Efectivamente, Paloma Pedrero desconoce que los videojuegos están clasificados por edades conforme al sistema PEGI desde hace años, y esto ya nos da una pista de cómo se desarrolla el resto del artículo. No voy a refutar punto por punto todos sus disparates porque otros ya lo han hecho y no tengo nada más que añadir. Lo que queda preguntarse es cómo alguien que escribe para un periódico de tirada nacional puede permitirse el lujo de opinar lo que se le pase por la cabeza sin ni siquiera comprobar si aquello que critica tiene para empezar alguna base.

Un argumento común es que las columnas de opinión no son más que eso, opinión, y básicamente los autores pueden escribir lo que les venga en gana porque sólo están expresando su punto de vista. A esto digo que no todas las opiniones son aceptables. Si una opinión no es informada, ésta carece de valor, y al ser publicada en un periódico nacional, es además socialmente irresponsable. En la era de la información no existe excusa para escribir algo así. La autora no sólo es ignorante sobre el tema que trata sino que plasma dicha ignorancia en un medio que alcanza a todo el país y además no se informa mínimamente por comprobar si ha podido equivocarse en algo. Bravo.

Dicho esto, la ignorancia descontrolada, por indignante que sea, no me parece tan problemática como otras tácticas que he visto emplear cuando se critica a los videojuegos. Concretamente la referencia a estudios científicos políticamente cargados y/o malinterpretados por la prensa. A continuación les muestro fragmentos de un artículo reciente que escogí al azar y que contiene este tipo de posición:

Lo ocurrido en Winnenden, Alemania, donde un joven de 17 años, sin motivo aparente,  asalta un instituto vestido con un traje paramilitar negro y mata indiscriminadamente  con un fusil ametrallador a 16 personas, no es una novedad (…). 

Casos como este me hacen recordar los estudios hechos sobre violencia y vídeo juegos en los que nos recuerdan que hay un nexo entre comportamiento agresivo en los niños y juegos violentos, según la American Psychological Association (APA).

Otro estudio, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Michigan, basándose en las reacciones neurológicas de  13 jóvenes alemanes de entre 18 y 26 años mientras jugaban con juegos violentos, demostró que los videojuegos violentos y las agresiones activan la misma parte del cerebro, y confirmaron la influencia de los videojuegos violentos con la agresividad y la violencia juvenil (…).

En nuestro país, y ante la preocupación de casos que se están produciendo en estos últimos años, los medios de comunicación sé hacen eco de este tipo de estudios en los que analizan y estudian lla influencia en los comportamientos juveniles de la violencia y el sexo en los videojuegos. Uno de los primeros,  publicado por  J. Díez, profesor de la Universidad de León, analizaba 250 de los juegos más vendidos en el mercado y  entrevistaba a 5.000 usuarios, entre los 6 y los 24 años. El profesor concluía que  no encontraban nexo de unión entre los videojuegos y la conducta violenta, pero que los jugadores terminaban por insensibilizarse ante la violencia, considerándola algo “trivial”.

El segundo, realizado por Amnistía Internacional Española, que tras analizar 50 videojuegos, criticaba que más de la mitad fomentaban el abuso de los derechos humanos: asesinatos, esclavitud, tortura y exterminio de civiles en zonas de guerra.

Por tanto, si innumerables estudios revelan que los videojuegos violentos predisponen a los jóvenes, y no tan jóvenes, a la violencia. Y si, además añadimos que la reiteración de escenas violentas puede llevarnos, por un lado,  a la insensibilidad ante la violencia y, por otro, a un incremento de nuestra agresividad y la capacidad de utilizar la violencia como autodefensa justificable ante situaciones conflictivas, ¿de que nos extrañamos cuando leemos noticias como la del joven aleman  Tim Kretschmer? (…).

Como ven, el artículo está lleno de citas a “autoridades superiores” cuyas carencias ya expuse en otras ocasiones. De todas formas vamos a repasarlas brevemente, y adjunto enlaces para quien quiera examinar estas críticas con más profundidad.

1. El nexo entre agresividad y videojuegos violentos mencionado por la APA, al tratarse de una correlación, puede ser interpretado de forma bi-direccional: es posible que las personas agresivas tengan predisposición por el entretenimiento violento, y no necesariamente que el entretenimiento violento las vuelva agresivas. Además, agresividad no equivale a violencia, ya que la violencia fue definida por la propia APA como una forma extrema de agresividad.

2. El estudio de la Universidad de Michigan, a nivel neurológico, lo único que indicaba era que la zona del cerebro relacionada con pensamientos agresivos era la misma que se activaba cuando se jugaba a un videojuego violento. Esto no es sorprendente en lo más mínimo. Quitando los actos reflejos, ¿acaso se puede disparar a otro soldado en Call of Duty sin pensar en dicha acción? El escáner cerebral prueba lo obvio, pero no es capaz de demostrar que esos comportamientos se transformen en agresividad real a medio o largo plazo, ni mucho menos en violencia. Incluso cuando se trata la correlación, los autores no hablan en ningún caso de un nexo con la violencia juvenil, una conclusión gratuita de la autora de la columna, sino únicamente de agresividad.

3. El libro de Díez es probablemente el estudio más deficiente realizado en nuestro país, así como el más cargado políticamente. Por otra parte, los informes de Amnistía Internacional España también están plagados de errores y prejuicios.

Como vemos, la suma de múltiples errores no constituye un acierto. Aunque se citen numerosos estudios, si todos son deficientes o no se han interpretado correctamente, la conclusión que obtenemos sigue siendo equivocada. El objetivo de esta entrada, sin embargo, no es contrarrestar las razones expuestas en el último artículo, algo que ya hice en el pasado, sino examinar el peligro que conlleva este ángulo.

La columna aparecida en La Razón es ignorante y prepotente, pero sólo nos remite a su opinión, y los argumentos que expone pueden ser refutados con facilidad. El artículo aparecido en Ecclesia, sin embargo, es mucho más escurridizo y engañoso porque recurre a la invocación de supuestas “autoridades”, dotando al documento de una aparente objetividad y cientifismo que para el ciudadano medio es más difícil de refutar. Esto es así en primer lugar porque no proporciona enlaces o referencias completas de los estudios que cita, obligando al lector a buscar la información por si mismo con una limitación de datos. En segundo lugar porque la mitad de dichos estudios se encuentra en inglés, una lengua que no es accesible a todo el mundo. Y en tercer lugar porque investigaciones como la de la Universidad de Michigan, aunque se domine la lengua inglesa, son difíciles de interpretar sin conocimiento previo de la materia o el vocabulario que emplean. Como antes he mencionado, muchas personas no distinguen entre violencia y agresividad o correlación y causalidad.

Como se dice habitualmente, el conocimiento es poder, y quienes lo manejan pueden imponernos sus creencias aunque vayan en dirección opuesta a nuestras experiencias con el medio. El ciudadano, si no tiene acceso a esta información o a puntos de vista alternativos, ya sea por limitaciones del idioma o falta de formación académica, se encuentra indefenso ante posibles iniciativas legislativas. El artículo de Ecclesia no invoca la necesidad de una intervención gubernamental, pero documentos como la proposición de ley para la regulación de los videojuegos en Chile hacen uso de este tipo de tácticas para limitar el número de personas que puedan rebatir la iniciativa: citan un documento complejo y en inglés con una referencia incompleta que dificulta su localización. Teniendo en cuenta que la media de edad de los videojugadores, aunque cada año mayor, todavía sigue siendo relativamente joven, la táctica resulta aun más efectiva para silenciar nuestra voz.

Al margen de lo que pensemos del antiguo presidente estadounidense Eisenhower, en su discurso de despedida pronunció una frase que ha sido objeto de múltiples interpretaciones y que creo conveniente citar aquí (énfasis mío):

[Aunque es un peligro para la democracia que científicos y académicos sean dominados por el gobierno], respetando la investigación científica y sus descubrimientos, como deberíamos, también tenemos que permanecer alerta ante el peligro igual y opuesto de que la propia política pública acabe siendo prisionera de una elite científico-tecnológica.

Por fortuna es difícil que se llegue a este punto, ya que dentro de la “elite” hay científicos de todas las ideologías políticas y se controlan unos a otros. Si los detractores de los videojuegos pueden citar a Anderson y Bushman, sus partidarios pueden contraatacar refiriéndose a otros psicólogos como Ferguson y Block. Sin embargo, cuando organizaciones que se suponen representativas de todos los profesionales de un país, como la APA o la AMA (American Medical Association), deciden publicar un informe indicando que los videojuegos generan agresividad a pesar de que existan serias dudas sobre la veracidad de tal afirmación, comienzo a pensar que quizá Eisenhower no iba tan desencaminado, y es algo sobre lo que deberíamos reflexionar teniendo en cuenta la influencia que tienen estas instituciones en la opinión pública.

Recordemos, por ejemplo, que la American Psychiatric Association listaba la homosexualidad entre otros desórdenes mentales hasta 1973. El cambio ocurrió cuando la psicóloga Evelyn Hooker hizo amistad con un homosexual que, contrariamente a los prejuicios que le habían inculcado, le parecía una persona completamente normal. Así pues, decidió realizar varios estudios donde finalmente se determinó que la homosexualidad no era un trastorno mental, como se había creído.

Obviamente mi intención no es comparar la opresión y estigmatización sufrida por este colectivo con lo que ocurre hoy día en la investigación sobre videojuegos, pero es destacable que en ambos casos la ciencia sirvió en un primer momento para justificar los miedos de la sociedad en lugar de para investigar, probando que los prejuicios sociales también afectan al trabajo de estos profesionales, considerados generalmente imparciales por la opinión pública.

Está claro que debemos respetar las conclusiones de los científicos, pero éstas también han de ser sometidas a escrutinio, especialmente cuando se trata de temas socialmente controvertidos que pueden ocasionar recortes en nuestras libertades.  Sin embargo, con frecuencia compruebo que estos resultados se aceptan ciegamente, como ocurre cada vez que aparece un estudio de Anderson o Bushman en las noticias.

En definitiva, yo también me he indignado ante las declaraciones de Paloma Pedrero en La Razón, pero al fin y al cabo no suponen más que una pataleta ignorante que no debería quitarnos el sueño. Quienes emplean “autoridades” generalmente inaccesibles para el ciudadano medio son quienes constituyen el verdadero problema, ya que cuentan con material de difícil acceso para llevar a cabo sus propósitos, y por tanto el ciudadano se encuentra más indefenso ante sus abusos.

Actualización: La Razón ha eliminado el artículo de Paloma Pedrero de su página web. Aunque el periódico no ha emitido una disculpa oficial, todo parece indicar que la decisión podría ser el resultado de la presión ejercida por la blogosfera.

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7 comentarios

  1. Lo que queda preguntarse es cómo alguien que escribe para un periódico de tirada nacional puede permitirse el lujo de opinar lo que se le pase por la cabeza sin ni siquiera comprobar si aquello que critica tiene para empezar alguna base.

    Bienvenido al mundo del periodismo de opinión, señor Jiménez. Los chalecos salvavidas están debajo de su asiento y las bolsas para vómitos, detrás de la bandeja. Los antidepresivos le serán administrados por las azafatas en cuanto le veamos mecerse en su asiento con la mirada perdida, abrazando a su osito de peluche y murmurando incoherencias. Disfrute del viaje.

    Quiero puntualizar una cosilla sobre la libertad de expresión de la señora Pedrero, la nuestra y la de todo el mundo. Sí, en efecto, a esta señora le ampara la libretad de prensa y la de pensamiento a la hora de poner en negro sobre blanco cualquier gilipollez, pero, llegados a este extremo, dicha libertad de pensamiento y de prensa es exactamente la misma que me amapararía a mí si quisiera decir que esa señora es, en efecto, gilipollas. Y no, en ese caso no estaría rebajándome más que ella, dado que yo sólo resultaría grosero, mientras que ella en su artículo, además de grosera, es mendaz.

    Y sí, quizá tengas razón en que artículos como el de la revista Ecclesia resultan mucho más peligrosos, pero llegar a esta conclusión requiere tomarse algo de tiempo para analizarlo, mientras que la diarrea mental de esta buena mujer resulta irritante desde la primera línea. Quizá era esa su intención. Ya sabes que a vecs lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal. Yo ni siquiera tenía el gusto de conocer a Paloma Pedrero hasta hace unas horas. Por otro lado, dudo que la revista Ecclesia tenga más lectores que el diario La Razón, por lo que el impacto de tan desafortunado artículo podría ser mayor de lo que sospechas. Además, no sé cuánto hace que no vives en España, pero te aseguro que, en un país en el que se legisla a golpe de alarma social y en el que cualquiera se cree capacitado para llevar a cabo iniciativas legislativas, te aseguro que incluso pataletas pueriles como el artículo de La Razón representan un peligro social de proporciones incalculables, si se les da una difusión a escala nacional y les surge un número significativo de palmeros finos con despacho.

  2. ¡Ah! Y añado que, como ya dije una vez, a los estudios que intentan demostrar científicamente que los videojuegos nos convierten en Hitler, Pol Pot o Ted Bundy, recomiendo aplicarles el cuestionario de Mariano José Schwarz. Seguro que (¡oh, sorpresa!) ni uno solo lo pasaría indemne. A las Palomas Pedreros, basta con aplicarles el método de las Dos Preguntas:

    1- ¿Cómo lo sabe?
    2- ¿Puede probarlo?

    Pues eso.

  3. Muy buen artículo, sí señor.
    Como bien dices no he leído ningúna investigación que logre establecer un principio causalidad entre videojuegos y agresividad. Menos aún con la agresividad y aún menos que los efectos sean a largo plazo, aunque a veces en las conclusiones se saquen de la manga esta causalidad por obra y gracia de ciertas teorías cognitivo -conductuales, o de las fantásticas pruebas de resonancia magnética: También se dice que comer chocolate y el sexo activan las mismas zonas cerebrales, y digo yo que cualquiera sabría establecer la diferencia…

    En fin, como dijo una vez un profesor de mi facultad: la psicología es un dispositivo de control social.

  4. @Sparky

    “…en un país en el que se legisla a golpe de alarma social y en el que cualquiera se cree capacitado para llevar a cabo iniciativas legislativas, te aseguro que incluso pataletas pueriles como el artículo de La Razón representan un peligro social de proporciones incalculables, si se les da una difusión a escala nacional y les surge un número significativo de palmeros finos con despacho”.

    No había caído en eso, pero llevas muchas razón, especialmente cuando este artículo casi coincidió con el tiroteo en Alemania, país donde no han necesitado mencionar estudios científicos (por lo que he podido ver) para pedir un cambio en la legislación.

    Sólo quería puntualizar que aunque sé que una revista como Ecclesia no tiene la misma difusión e influencia en la opinión pública que un diario como La Razón, mi objetivo era mostrar cómo se elaboraba este tipo de argumentos “científicos”, que en ocasiones sí llegan a alcanzar diarios de tirada nacional.

    @Jordi

    Gracias. Además si todos estos estudios son tan “definitivos” como muchas veces nos los presentan, se pregunta uno porqué continúan haciendo más y más de este tipo.

    Por cierto, interesante ejemplo el del chocolate… da además para unos cuantos chistes. Esto es claramente culpa del chocolate, que los entrena:

    http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_7888000/7888628.stm

  5. Sólo por contraargumentar brevemente el punto 2, ciertos estudios han demostrado que cuando se recuerda un acto se activan las mismas áreas cerebrales que cuando se realiza dicho acto, y por ahora nadie ha igualado el recordar y/o imaginar con el hacer.

  6. Muy buena crítica a la opinión (más bien de mentiras) de Paloma Pedrero, siempre es bueno documentarse un poco antes de hablar o escribir sobre algo si no quieres quedar en ridículo.

  7. Creo que esto, además, se engloba en un problema mayor.

    Cada vez son más los cónyuges que por un motivo u otro, se ven obligados a trabajar ambos a la vez. esto tiene como consecuencia directa una menor atención a los vástagos, al tener menos tiempo.
    Así que se delega la educación de estos a la televisión, las consolas, a internet, etc.
    Incluso se delega una parte importante de dicha educación, que debiera de darse en el núcleo familiar, a las escuelas.

    En el fondo, las tres X, el sistema PEGI y los otros medios de clasificación no son más que parches.
    Si no hay un “control” parental que discrimine, poco podemos hacer por alcanzar un “diálogo” parental, que explique.
    Quiero decir, el problema no está en que un niño de 10 años juegue al GTA IV, el problema está cuando no hay un adulto que le explique que está bien y que mal, y que cosas son aceptables en la ficción y cuales no en el mundo real.

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